Once pueblos se extienden a lo largo del interior del valle de Tena, un espacio humanizado desde la prehistoria y del que todavía se conservan monumentos megalíticos como el dolmen de Santa Elena o los restos de dólmenes, cromlechs y túmulos en Formigal, Tramacastilla, Panticosa y Piedrafita. La entrada meridional por el congosto de Santa Elena es un espacio mítico, alimentado por todos los elementos que suelen identificar a los lugares considerados mágicos por el imaginario popular.

En él se entreveran creencias cristianas y paganas con episodios trascendentales de la historia de la vieja Corona de Aragón, como el enfrentamiento en 1592 de las tropas de Felipe II con las del antiguo secretario real, Antonio Pérez, que pretendía invadir Aragón ayudado por Enrique de Navarra. Hemos elegido tres pueblos y tres historias que te permitirán conocer más sobre el Valle de Tena.

Piedrafita de Jaca

Siguiendo una organización de sur a norte por la margen izquierda del río Gállego, el primer pueblo que encontrará el viajero será Piedrafita de Jaca, situado en las estribaciones de la Sierra de la Partacua con la Peña Telera en primer plano. A 1.242 metros de altitud, la localización de este pequeño pueblo es uno de sus privilegios más notables. El otro es un entorno natural realmente cautivador con los bosques de “El Betato” y “La Pinosa”, el ibón de Piedrafita y el arco geotécnico del “Campanal”, verdadero capricho de la naturaleza. Todos ellos son destinos accesibles para excursiones sin un gran nivel de exigencia física. En ese entorno se ubica también el Parque Faunístico de “Lacuniacha”, sobre un extenso bosque que alberga a diversas especies autóctonas.

El casco urbano de Piedrafita es pequeño, compacto y bien conservado, con una combinación en sus fachadas de la piedra cara vista y la cal, que siempre fueron los elementos comunes de la arquitectura tradicional pirenaica pese a que en los últimos años en el Pirineo se ha impuesto desde los estudios de arquitectos una ortodoxia de piedra de dudoso rigor. Como ocurre en muchas casas del valle, las inscripciones de los dinteles son una buena fuente de información para conocer el origen de algunas de las viviendas más emblemáticas. Casa Juan Lázaro fue construida en 1874, Casa Matías en 1856, Casa Jaime en 1815 y Casa Silvestre en el lejano 1650. Son casas grandes, de dos y tres plantas, con paramentos enfoscados y tejados de fuerte pendiente con cuñas erizadas para quebrar el hielo.

La iglesia de Piedrafita dedicada a San Andrés se construyó el pasado siglo y no tiene especial valor arquitectónico. Tan solo una puerta con un dintel fechado a finales del siglo XVI.

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Pueyo de Jaca

La carretera que une Hoz de Jaca con el Pueyo de Jaca es uno de los trayectos más encantadores y auténticos que todavía pueden encontrarse en el Valle de Tena. Se trata de un trazado de alta montaña, retorcido y estrecho,  que transcurre entre las escarpadas laderas de Hoz y el frondoso bosque que se extiende paralelo a las aguas quietas del pantano de Bubal. En pocos kilómetros habremos pasado de los 1.272 metros de altitud de Hoz a las 1.091 del Pueyo, una tranquila localidad que se despereza en la cola del pantano, en cuyas aguas se refleja como si de una imagen onírica se tratara.

El Pueyo de Jaca ha crecido considerablemente en los últimos años debido a una presión urbanística que, paradójicamente, ha reforzado sus atributos. Su fisonomía se ha transformado considerablemente y en poco se reconoce el antiguo núcleo. Las aguas del embalse anegaron sus tierras de cultivo y se vio abocado, sin medios de supervivencia, a su desaparición a finales de la década de los 60 del pasado siglo. Pero logró recuperarse y reinventarse como pueblo turístico, aprovechando las ventajas de convivir con ese pantano. Un patrón de piedra, madera y pizarra ha logrado mantener el equilibrio urbano y desde el otro lado del pantano, en la carretera nacional, se adivina como un pueblo de postal. Su iglesia del siglo XVIII, levantada sobre la original del siglo XVI, es sencilla y consta de una nave con ábside plano.

Lanuza

Superado el barranco de Escarrilla el valle se abre nuevamente sobre una amplia vaguada anegada por las aguas del pantano de Lanuza desde mediados de la década de los 70 del pasado siglo. El paisaje adquiere una dimensión nueva con el hallazgo de la Foratata y de los primeros tresmiles: Argualas, Infierno, Garmo Negro… Sobre la gran masa de agua se proyecta un decorado natural sublime; extraña convivencia entre la muesca hidráulica y las cumbres pirenaicas. Pero el conjunto transmite un reconfortante equilibrio paisajístico, como si siempre hubiera estado ahí. Y a ello contribuyen las casas apretujadas del pueblo de Lanuza sobre la orilla derecha del pantano al que da nombre.    Anegado parte del núcleo por el embalse, el que quedó a salvo en la superficie fue reclamado por sus antiguos habitantes y ahora, después de más de dos décadas de lucha y de trabajo, luce con un esplendor nuevo. Sus casas empedradas se deslizan por un callejero estrecho e intrincado que va a morir a las aguas del embalse. Y ahora como antaño, esas casas robustas y poderosas ofrecen un catálogo completo de la arquitectura tensina, en algún caso original y en otros réplica de lo que fue expoliado tras el éxodo. Los antiguos nombres de las casas recuperan su significado social: Anchaime, Herrero, Patro, Laguna, Naverac.

Vanos y accesos arquitrabados, verjas, dinteles, bancales, puertas y tejados reproducen con fidelidad el antiguo pueblo. Lo que antes fueron cuadras ahora, sin huertas y sin animales, son estancias ganadas para el turismo. La antigua escuela hoy es el centro social y algún hotel y casa rural reinventan viejos espacios de intimidad familiar. Y dominando todo el entramado la iglesia del Salvador con su torre, que se alza como un vigía después de recuperar sus campanas, Elena, Quiteria y Orosia, emigradas temporalmente a otros campanarios de otros pueblos cuando dejaron de ser útiles en Lanuza. El día que regresaron certificaron la resurrección del pueblo.

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