“Cuando lleguen al alto de Sobrepuerto, estará, seguramente, comenzando a anochecer”. Este es el inicio de “La lluvia amarilla”, el popular libro que Julio Llamazares escribió en 1988 y que ambientó  en Ainielle, el pueblo abandonado desde 1970 en la zona que se conoce como Sobrepuerto (Alto Gállego). Este territorio de media montaña situado en tierra de nadie, entre Tierra de Biescas y Sobrarbe, es una de las zonas con más pueblos deshabitados de toda Europa.

Este paisaje de silencios y abandonos forma parte del término municipal de Biescas y representa uno de los capítulos más dramáticos de la historia reciente del Pirineo; la despoblación. Montañas duras, paisajes agrestes y un clima siempre hostil perfilan las claves del drama, comprimido en esta porción de terreno que oscila entre los 1.033 y los 2.030 m de altitud. En su interior, junto a Ainielle, otros pueblos corrieron la misma suerte: Otal, Escartín, Basarán, Cillas, Cortillas, Sasa de Sobrepuerto, Bergua y Ayerbe de Broto. Acudir Ainielle se ha convertido casi en una peregrinación profana, en una manera de rescatar del olvido esas casas y quienes en ellas habitaron. Desde Biescas hay 14 km en coche y 45 minutos caminando desde el cruce de la pista Oliván-Basarán (Está bien marcada).

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En la margen derecha del Gállego, como una réplica a pequeña escala del Sobrepuerto, está el Sobremonte. A 1.300 metros de altitud, sobre extensos prados y frondosos pinares, en las laderas de la Sierra de Limes se esconden Aso, Yosa y Betés. Imbricados entre barrancos y escorrentías, sus pequeños cascos urbanos ofrecen interesantes ejemplos de arquitectura tradicional pirenaica y formidables miradores al valle. Y sobre ellos el camino que conduce a las “Chimeneas de las Hadas” o “Señoritas de Arás”, singulares columnas de piedra formadas en depósitos morrénicos que azuzan la imaginación e invitan a la contemplación serena.

Sabiñánigo

Sabiñánigo es la capital de la Comarca de Alto Gállego, el núcleo industrial más importante del Pirineo Aragonés y el acceso natural a Tierra de Biescas y el Valle de Tena. En los últimos años se ha transformado en un importante centro comercial y de servicios y en su término municipal se encuentran numerosos lugares de interés como el campo de golf “Las Margas”, considerado por los expertos uno de los mejores y más exigentes de la península. Fue diseñado por el golfista vasco Txema Olazabal y su recorrido principal,  de 18 hoyos par 71, ocupa más de 50 hectáreas.

Sabiñánigo no existía a principios del siglo XX. No existía como núcleo de población de envergadura. La llegada del tren en 1893 –la línea que enlazaba Zaragoza con Pau a través de Canfranc- y la posterior instalación de varias fábricas que buscaban la energía de los saltos hidroeléctricos del río Gállego, provocó un éxodo interior de los pueblos al nuevo y pujante núcleo fabril. Como en las viejas historias del Oeste americano, Sabiñánigo surgió casi de la nada, atrajo a miles de pobladores y cien años después se ha transformado en una de las principales urbes pirenaicas.

Si algo merece realmente la pena en Sabiñánigo es el Museo “Ángel Orensanz y Artes populares de Serrablo”, que se ubica desde hace décadas en Casa Batanero, un antiguo batán de 1830. Es el gran museo etnológico del Pirineo, promovido en su día por la Asociación “Amigos de Serrablo”. En su interior, que reproduce las estancias y vida de una casa tradicional, se almacena la memoria de una sociedad extinguida y ayuda a explicar cómo vivían los pirenaicos hasta hace no mucho tiempo.

En el castillo medieval (s. XIV) del pueblo de Larrés, a escasos kilómetros de la cabecera comarcal, se levanta el Museo de Dibujo “Julio Gavín”, en memoria de uno de los principales impulsores de la recuperación de la cultura serrablesa a través de la “Asociación Amigos de Serrablo”. El museo acoge una de las principales colecciones de obra gráfica y pictórica de artistas nacionales del siglo XX, así como una pequeña muestra de las dos mil obras que la Asociación ha ido reuniendo a lo largo de su historia procedentes de donaciones gratuitas de artistas de la talla de Saura, Bayo o Dalí.

Las iglesias mozárabes del Serrablo

En la margen izquierda del río Gállego, entre Sabiñánigo y Biescas, se esparcen un conjunto de ermitas enmarcadas dentro del arte mozárabe, aquél que desarrollaron desde mediados del siglo X hasta finales del XI los cristianos que habitaban en territorio árabe. En este periodo de convulsiones y mestizaje se levantaron pequeñas iglesias de una sola nave y ábside circular ensortijadas de influencias diversas y estilos solapados. Muchos expertos consideran que se trata de una transición entre el arte musulmán elaborado en la zona y los primeros ejemplos del románico lombardo que empezaba a llegar de Europa. En todo caso, hay teorías para todos los gustos sobre el verdadero origen de las iglesias.

Estas hermosas construcciones estuvieron sorprendentemente olvidadas durante siglos y, en algunos casos, al borde de su desaparición. La despoblación de los pueblos de la cuenca y una corriente de desprecio sobre lo autóctono que acompañó el éxodo industrial de mediados del siglo pasado estuvo cerca de arruinar este patrimonio. La labor de historiadores como Antonio Durán Gudiol, Rafael Sánchez Ventura o la “Asociación de Amigos de Serrablo” frenó el deterioro y contribuyó a divulgar y proyectar el valor de este patrimonio monumental.

La ruta para conocer las iglesias pasa por Isún de Basa, Satué, Lárrede, Susín, Oliván, Orós Bajo, San Juan de Busa y San Bartolomé de Gavín. Sin duda es la de Lárrede la más hermosa de todas. Integrada perfectamente en la pequeña trama urbana del pueblo, destaca su torre de cuatro aguas con ventanas ajimezadas,  y los arcos de falsa herradura en puertas y vanos. La llave de la iglesia la guardan los propietarios de la casa lindante. El viaje transcurre por una carretera poco transitada y bien asfaltada, que nos permitirá además conocer otros monumentos y ejemplos de arquitectura popular de los pueblos visitados.

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