En algunos lugares del valle de Tena, como en el camino a Panticosa o a su Balneario, el viajero sentirá que ha cambiado de valle y que se encuentra en otro país. Es uno de los rasgos del complejo valle tensino; su diversidad. Quizá por ello la localidad panticuta ha tenido siempre una identidad diferenciada dentro del valle y ha mantenido tradicionalmente una autonomía y unas costumbres propias que la han caracterizado. La lengua panticuta, dialecto del aragonés, es una de ellas. Panticosa fue cabecera de uno de los tres quiñones en los que se dividía administrativamente el valle. Existe referencia documental al menos desde 1315, cuando la localidad estaba formada por cuatro barrios (vicos), distribuidos por promontorios. Después se formaron los barrios de San Salvador y Santa María, que todavía hoy son perceptibles.

La localidad se encuentra a 1.200 metros de altitud en el curso del río Caldarés, uno de los afluentes más caudalosos del Gállego. Integra las localidades del Pueyo de Jaca y el Balneario. En la actualidad tiene unos 800 habitantes.  Instalada sobre una pronunciada ladera, su callejero se adapta a las curvas de nivel con una trama irregular compuesta por vías estrechas, callejones y callizos, propia de la tradicional arquitectura urbana pirenaica. Pese a la evidente transformación que ha sufrido el pueblo en los últimos años, ampliado con nuevas urbanizaciones y zonas residenciales, su casco antiguo se mantiene en buen estado de conservación. La rehabilitación de algunas viejas viviendas se ha hecho respetando generalmente los patrones convencionales.

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Desde la entrada al pueblo, profundamente alterada con una rotonda de reciente creación, se suceden edificios que, a través de la calle San Salvador, ofrecen lo mejor de la arquitectura tensina. Nombres evocadores de pasados de esplendor nos remiten a las antiguas casas fuertes panticutas (siglos XVII y XVIII), como Breca, De la Pena, Millé, villa Elena, Tartalla, Matea… La calle principal que atraviesa la localidad desciende de forma pronunciada hasta el gran parking habilitado junto al teleférico que enlaza con la estación de esquí de ARAMON Panticosa. La creación de esta pequeña estación a mediados de la década de los 70 del pasado siglo facilitó el anclaje de la economía local en el nuevo sector turístico y compensó el declive del sector ganadero, presente hoy de forma testimonial. A ello contribuyó también el cercano Balneario, que pese a la profunda transformación a la que ha sido sometido en las últimas décadas, sigue sin encontrar el rumbo que garantice su estabilidad.

En todo caso, el turismo y el boom inmobiliario reciente han traído consigo algunas realidades palpables como el formidable complejo deportivo Las Paúles con su piscina cubierta con vistas a Peña Telera. Todo un contraste con la iglesia de La Asunción, levantada en el siglo XVI sobre una antigua de origen románico. El chapitel piramidal es uno de los elementos más llamativos de su estructura. En su interior se conserva dos valiosos retablos góticos.

El Balneario de Panticosa

El Balneario de Panticosa es uno de los rincones sugerentes del Valle de Tena; destino termal desde tiempos de los romanos y uno de los de mayor tradición de todo el país. Se llega a él por la carretera de Panticosa, a 1.636 metros de altitud en el fondo de una cubeta en la que la que el granito y la acción glaciar han dado lugar a unas cumbres majestuosas. Los picos Argualas, Garmo Negro, Pondiellos, Marcadau, Baciás, Batanes y Brazato rodean y protegen al complejo termal, cuya urbanización se dispone orientada hacia el Ibón de Baños, lago de origen glaciar que preside la entrada.

En las últimas décadas fue sometido a una profunda reforma y modernización que ha alterado su atmósfera decimonónica tan característica, aunque conserva su encanto. El sello de arquitectos tan reconocidos como Álvaro Siza o Rafael Moneo ha introducido nuevos lenguajes arquitectónicos y eso, inevitablemente, ha generado controversia. El Hotel Mediodía, el Gran Hotel y su Casino siguen siendo los edificios más emblemáticos del complejo termal, que explota sus seis manantiales con aguas sulfuradas, oligometálicas y radiactivas; recomendadas para el tratamiento de problemas de la piel, el aparato digestivo y el riñón. El nuevo edificio de cristal de las Termas de Tiberio es la representación más notable de esa nueva arquitectura.

Los tiempos de máximo esplendor del Balneario coincidieron con el auge del turismo agüista en el Pirineo a mediados del siglo XIX. Hay constancia de que, al menos, desde 1779 había una actividad regular en las termas, pero fue la creación de un servicio de caballerías en 1850 y la inauguración en 1862 de la carretera que salvaba el difícil acceso las que dieron el empujón definitivo para su popularización entre las élites políticas y económicas del país. En 1880 ya había contabilizadas 900 camas, una cifra muy considerable.

Reyes, nobles, políticos y banqueros se hicieron habituales de Panticosa. Militares como Prim, Martinez Campos o Rosales; políticos de la talla de Cánovas y Sagasta o el propio Alfonso XIII visitaron en algún momento el Balneario. Pero las penalidades del viaje y los problemas que regularmente generaba la nieve lastraron crónicamente la rentabilidad del centro, que con el siglo XX inició una lenta decadencia agravada por numerosos cambios de propiedad que perjudicaron su estabilidad. El declive del turismo agüista convirtió el Balneario en una bella reliquia. Ahora con las nuevas inversiones realizadas para su modernización se confía en recuperar su antiguo esplendor. En el Balneario se encuentro la Casa de Piedra, un popular refugio para montañeros empleado como campo base para iniciar ascensiones a los tresmiles del entorno  (Argualas, Infiernos, Garmo Negro, Pondiellos…).

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